"Hay que dudar de todo el repertorio de “itos” con el que las compasivas señoras de la familia apuntan las mofletudas zonas de nuestro cuerpo".
Noventa, marca la balanza. No puede ser. “Ta malograda”, protesto mentalmente. Me despojo rápidamente de las medias, el jean, el polo, las llaves, el celular. Cambio el aparato rectangular y amarillo de lugar para asegurarme de que no fue un problema de suelo. Subo de nuevo. Ahora sí. 89.6.
¡Xuxa! 1.73 centímetros = 89.6 kilos. Algo anda mal en esta ecuación.
Abro entonces un álbum de fotos. Busco imágenes antiguas que me respalden, que me ayuden a contradecir la aplanadora exactitud de la balanza (89.6 kilos). ¿Ese eras tú? ¿Esos abdominales eran tuyos? Me reclama la pesada conciencia, mientras me toco el abdomen que más parece ahora un ‘panzomen’.
Busco otra foto. Encuentro una en la que salga sin polo, fibroso, hercúleo, en la piscina. Cierro el álbum.
Respiro hondo.
Dicen que el primer paso es aceptarlo. Aceptarlo sin peros, sin excusas, sin miopías del pasado. “No, que he crecido”, “No, que es masa muscular”, “No, que después de los 25 el cuerpo cambia”. Desechar argumentos ligados a la genética, el azar y el paso del tiempo puede ser un primer paso saludable. Han sido muchos meses de autoengaño que lo único que han logrado es promover mi cercanía con la olla.
Me sobran diez kilos +
Estoy gordo.
Tengo que bajar de peso.
"Un test infalible para comprobar qué tanto uno ha engordado es encontrarse con gente que uno no ve hace algunos meses o años, y concentrarse en su primera reacción."
El razonamiento es arrollador. Hay que ser franco y descolgarse de los falsos consuelos que ofrecen las piadosas tías, la mamá y las abuelas: “Estás fuertecito”, “Estás cachetoncito”, “Estás panzoncito”. Créanme: Hay que dudar de todo el drepertorio de “itos” con el que las compasivas señoras de la familia apuntan las mofletudas zonas de nuestro cuerpo.
El equipaje adiposo extra que cargo desde hace algunos meses, no solo ha sido desnudado por la balanza, las fotos y los eufemismos familiares. Un test infalible para comprobar qué tanto uno ha engordado es encontrarse con gente que uno no ve hace algunos meses o años, y concentrarse en su primera reacción.
Hace poco una profesora que no veía hace algún tiempo me dijo sin escrúpulos: “¿Oye y Rudy dónde está, te lo has comido?”. También me he cruzado con un no menos compasivo entrenador de fútbol que me dirigía en mis años atléticos y me disparó este cañonazo guiándose por las formas de mi cuerpo: “¿Ya no juegas, no?”
El piropo más extraño, sin embargo, me lo mandó hace unos días el guardián de un edificio miraflorino al que iba siempre para encontrarme con una chica especial. Mientras me acercaba a la reja de entrada vociferando su nombre para estrecharle la mano y desearle un Feliz Año, él me miraba confundido. Achinaba los ojos negros e inclinaba la cabeza a un costado como la inclinan los perritos cuando están confundidos.
Él seguía callado y recorriéndome con la mirada de arriba hacia abajo, cómo preguntándose quién diablos es este gordo. ¿No sé habría quedado ciego el viejo Don Isac?, me planteé. No, él veía mejor que nunca.
-¡Don Isac, se acuerda de mí, soy Rudy!
-¡Rudy, claro, ahhh! Sí lo que pasa, lo que pasa es que has echado cuerpo de hombre…
La idea de que estaba gordo había dejado de ser una percepción para convertirse en una certeza, una posibilidad para convertirse en un hecho, un tema esporádico para hacerse crónico.
Pero el episodio que hirió más sangrantemente mi autoestima llegó hace unos días, mientras almorzaba… (Continuará en el próximo post)…
PD: Les dejo una canción que nos quita un peso de encima



jajaja vaya hombre que escandalo por un extra de kilos! .. unos no lo quieren...otros si lo queremos URGENTE!
ResponderEliminar